Cuando escribo de ti, Alfonso
Ayer, maestro, hacia un año que nos dejaste porque al de arriba se le encapricho. Y nos reunimos tus amigos, pero de esas maneras que hacíamos cuando tú entrabas a las tertulias taurinas de El Portal o La Fresa, ya sabes a lo que me refiero.
Me acuerdo del día que nos juntamos unos cuantos a ver la confirmación de Perico Capea en México, y en la televisión nos echaron la corrida de la semana anterior, por cierto, bastante patética. Pues con esas, ¡Como nos lo pasamos! Me acuerdo de que seguimos la corrida por la radio, además llevé los carteles, que acababan de salir hacía unas horas, de Las Fallas. Hablamos de cosas que muchos aficionados no oirán, por desgracia, en su vida. Y lo de aquellos dibujos de toros en las servilletas, que guarda Miguel como oro en paño, provocó que todos nos miráramos como los niños cada vez que aprenden una cosa nueva.
Y cuando escribo de ti sabes que me da mucho coraje, porque es como si un becerrista le contase a Antonio Bienvenida como se torea. El caso, es que cada vez que se me vienen a la cabeza algunos momentos, no sé si contarlos o guardarlos en la memoria. No por egoísmo personal, sino porque podría parecer como el que alardea de tener un tesoro. Al final, no sé por donde romper y únicamente se me ocurre contaros que otra, la segunda, Feria sin Alfonso va a ser muy distinta de cuando nos íbamos a Garamond, después del coloquio, a reírnos con las anécdotas que se nos venían a diario encima. Era una continua aventura, pero tú, Alfonso, sabes que algún día la volveremos a repetir todos de nuevo.
